El paisaje de las piscinas españolas está cambiando de forma silenciosa pero constante. Nueve de cada diez nuevas instalaciones particulares ya incorporan un clorador salino, según datos de Innowater presentados por Israel Ruíz, uno de los principales socios de la empresa. El cloro sigue siendo el desinfectante, pero la forma de generarlo marca la diferencia.
Ojos rojos, olor penetrante, pelo tieso: los síntomas clásicos de una piscina de cloro tradicional son reconocibles. Ahora, un número creciente de propietarios opta por la electrólisis salina, un sistema que genera cloro a partir de sal común disuelta en el agua. El proceso es autorregenerable: la corriente eléctrica rompe la molécula de cloruro sódico, libera cloro para desinfectar y, horas después, ese cloro vuelve a combinarse con el sodio. El ciclo se repite sin añadir químicos nuevos.
Un cambio que arrancó hace 15 años y se aceleró con la pandemia
Eduardo Martín, de TEAP (pionera del sector con su marca Saliclor, lanzada hace más de dos décadas), sitúa el punto de inflexión en 2021. Con medio país redescubriendo el jardín propio, las ventas de cloradores salinos crecieron un 20%. Desde entonces, el ritmo se estabilizó entre el 5% y el 10% anual, según información publicada en Xataka.
Agustí Ferrer, presidente de ASOFAP (la patronal del sector), confirma que la sal es ya «un producto transversal» en todo tipo de instalaciones. De las últimas 50.000 unidades instaladas, el 80% fue a parar a piscinas particulares; el 20% restante, a comunidades de vecinos y piscinas municipales. Boadilla del Monte, Parla, Alconera (Badajoz) y Juzbado (Salamanca) ya gestionan sus vasos públicos con sal.
Electrólisis salina: cómo funciona y qué desinfecta
El proceso técnico se basa en tres piezas: una célula con placas de titanio, un sensor de flujo y una placa de control que regula la corriente eléctrica. El agua entra en la célula cargada de cloruro sódico disuelto (NaCl). La corriente rompe esa molécula, separa sodio e hidrógeno por un lado y cloro por otro. El cloro reacciona con el agua y forma ácido hipocloroso (el verdadero desinfectante), además de hidróxido de sodio e hidrógeno gaseoso.
Contra la creencia popular, la concentración de sal no se parece al mar. El Mediterráneo ronda los 38 gramos por litro; un clorador salino doméstico trabaja entre 4 y 6 gramos por litro, casi nueve veces menos. Ni vale cualquier sal: los fabricantes reclaman cloruro sódico con una pureza mínima del 99%, sin yodo, sin antiapelmazantes ni antical añadido.
Regulación y costes a medio plazo
En España, la calidad del agua de baño la regula el Real Decreto 742/2013, que fija los criterios técnico-sanitarios de piscinas. La norma no distingue entre cloro tradicional y cloro generado por electrólisis. Lo que exige es que el cloro libre residual se mueva entre 0,5 y 2,0 mg/l, con cierre del vaso si supera los 5 mg/l. Un clorador salino bien calibrado tiende a mantenerse en la banda baja de ese rango con más estabilidad que la dosificación manual.
Desde TEAP recuerdan que, aunque la inversión inicial sea mayor (equipo, instalación profesional y sacos de sal para el primer llenado), el gasto de mantenimiento suele caer. «La sal es muy barata y es más barato mantener esto que el cloro», explican. Eso sí, hay que reponer sal y cambiar el electrodo de titanio cada tres o cinco años según el uso.
España cuenta con 1,3 millones de piscinas, casi todas al aire libre. Cada año, entre el 2% y el 3% de las piscinas de cloro tradicional cambia a electrólisis salina. Con millones de vasos construidos en las últimas tres décadas, ese goteo parece garantizar una sustitución paulatina de la pastilla de cloro de toda la vida.
Fuente: Xataka · Esta información ha sido elaborada por la redacción de Imbest con apoyo de herramientas editoriales automatizadas.