Antes del Boeing 787, el Atlántico se cruzó en un biplano de madera sin GPS ni paracaídas

Hoy cruzar el Atlántico en avión es tan rutinario que apenas levanta conversación. Lo hacemos en cabinas presurizadas, con asientos reclinables, wifi y menús a la carta, en aeronaves que transportan cientos de pasajeros durante miles de kilómetros sin despeinarse. Hace poco más de un siglo, ese mismo océano seguía siendo una frontera formidable para la aviación. En 1919, dos hombres se prepararon para atravesarlo sin hacer una sola escala, sentados en la cabina abierta de un biplano de madera y tela que, visto con nuestros ojos, parece de juguete.

Concepto editorial de pioneros de la aviación cruzando el Atlántico en la era temprana del vuelo
Ilustración generada con IA

Del bombardero de la Gran Guerra al récord transatlántico

El intento llegaba en un momento único. Apenas habían pasado 16 años desde el primer vuelo de los hermanos Wright, pero la Primera Guerra Mundial había acelerado enormemente el desarrollo de motores, estructuras y aparatos capaces de permanecer más tiempo en el aire. El Atlántico, de hecho, acababa de ser cruzado por vía aérea unas semanas antes: el hidroavión NC-4 de la Marina estadounidense lo había completado por etapas. John Alcock y Arthur Whitten Brown perseguían algo distinto: recorrer el océano de una sola vez, sin detenerse entre América y Europa, según recoge Xataka.

El aparato elegido fue un Vickers Vimy, un bombardero pesado británico desarrollado durante la Primera Guerra Mundial que llegó demasiado tarde para entrar en combate. Tenía 13,27 metros de longitud y 20,47 metros de envergadura, estaba construido sobre una estructura de madera arriostrada con cables y recubierta de tela, y se movía gracias a dos motores Rolls-Royce Eagle de 360 CV cada uno. No era pequeño para la aviación de su tiempo, aunque la comparación con un Airbus A350-900 actual —64,75 metros de envergadura, más de tres veces la del Vimy— resulta llamativa.

Convertir aquel bombardero en una máquina capaz de afrontar el Atlántico exigió adaptarlo para cargar alrededor de 3.900 litros de combustible. Salió tan pesado que tuvo dificultades para levantar el vuelo. Alcock y Brown partieron desde un terreno improvisado en St. John’s, Terranova, de apenas unos 457 metros, que hubo que despejar retirando obstáculos e incluso volando rocas. Tampoco eran los únicos detrás de la hazaña: el Daily Mail ofrecía 10.000 libras al primer vuelo transatlántico sin escalas y varios equipos ya lo habían intentado sin conseguirlo.

Navegar a ciegas sobre el océano: el talón de Aquiles del Vimy

Una vez en el aire, el gran problema dejó de ser el peso y pasó a ser la orientación. Brown tenía que calcular la posición con técnicas heredadas de la navegación marítima: observaciones del Sol y las estrellas, estimaciones de deriva y referencias sobre el propio océano. Todo dependía de poder ver algo, y el Atlántico no se lo puso fácil. Nubes, niebla y mala visibilidad limitaron durante horas esas observaciones, obligándole a recurrir a la navegación por estima durante largos periodos y aprovechar cada claro para corregir su posición mientras Alcock mantenía el avión en vuelo.

El momento más peligroso llegó durante la mañana del 15 de junio. El Vimy entró en una niebla tan densa que Alcock apenas podía distinguir los extremos de las alas y terminó perdiendo la referencia del horizonte. Intentó recuperar el equilibrio guiándose por los instrumentos, pero el indicador de velocidad había quedado atascado; el avión levantó demasiado el morro, perdió velocidad, entró en pérdida y comenzó a caer mientras seguían envueltos en las nubes. Cuando finalmente salieron de ellas estaban a menos de 30 metros sobre el Atlántico. Alcock consiguió nivelar el aparato a unos 15 metros de las olas, con varias horas de vuelo todavía por delante.

Aterrizaje en turbera: la fotografía que selló la hazaña

Irlanda apareció finalmente bajo ellos aquella misma mañana. Tras algo más de 16 horas de vuelo, Alcock buscó un lugar donde posar el Vimy cerca de Clifden y eligió lo que desde el aire parecía un terreno firme. Era una turbera. Las ruedas se hundieron y el avión terminó clavado de morro, aunque ambos aviadores salieron ilesos.

La hazaña coincidió con la consolidación de la fotografía en la cultura de masas y en la prensa. Kodak había contribuido a popularizarla desde 1888 con cámaras de rollo pensadas para un público mucho más amplio, mientras que técnicas de impresión como el rotograbado permitieron a los periódicos reproducir fotografías a gran escala. La travesía quedó así acompañada por un extraordinario registro visual: conservamos imágenes de los preparativos, de los aviadores junto al Vimy y hasta del aparato después de alcanzar Irlanda, con el morro hundido en la turbera.

La imagen quedó como un cierre casi perfecto para aquella hazaña: apenas 16 años después del primer vuelo de los Wright, un avión había conseguido unir Norteamérica y Europa sin tocar tierra entre medias. El salto tecnológico y conceptual era enorme, pero también lo era la brecha entre aquella proeza artesanal y los vuelos transatlánticos comerciales que vendrían después. Lo que Alcock y Brown demostraron no fue solo que cruzar el Atlántico sin escalas era posible, sino que la aviación estaba lista para cambiar el mundo. Y vaya si lo hizo.

Fuente: Xataka · Esta información ha sido elaborada por la redacción de Imbest con apoyo de herramientas editoriales automatizadas.

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